Datos técnicos:
Tíitulo: La inquilina de Wildfeld Hall.
Autora: Anne Brönte.
Traductor. Miguel Ángel Pérez Pérez.
Editorial: Alianza Editorial.
Edición original: Junio/1848.
1ª edición: Enero/2020.
Encuadernación: Tapa blanda.
ISBN: 978-84-9181-769-7.
Idioma: Español.
Nº páginas: 640.
Sinopsis:
La llegada de una joven desconocida, Helen Graham y su hijo a la vieja mansión de Wildfell Hall despierta el interés, y luego las sospechas maliciosas, de los habitantes del tranquilo pueblo inglés en que se encuentra la casa. No saben que Helen huye de un turbulento pasado, como irá descubriendo el narrador del relato y enamorado de ella, Gilbert Markham, al leer su diario. “La inquilina de Wildfell Hall” es una gran novela en la que destacan no sólo actitudes y opiniones relacionadas con la condición de la mujer avanzada para su tiempo, sino también una moderna representación de las miserias, defectos y debilidades humanas.
Opinión Personal:
Jane Eyre y Cumbres Borrascosas son dos novelas cumbres de la literatura universal, sobre todo en el mundo anglosajón, si bien Emily Brönte no disfrutó del éxito de su protagonista Heachcliffe, porque fue su hermana Charlotte quien publicó una segunda edición póstuma, que sirvió como espaldarazo para que sí fuera reconocida como la gran ficción victoriana y gótica que es. Pero hoy no toca compartir mis impresiones de ambas, sino sobre la La inquilina de Wildfell Hall, publicada por primera vez en 1848 por Anne Brönte, aunque bajo el seudónimo de Acton Bell. Sin duda alguna, puede decirse que La inquilina de Wildfell Hall es una novela atemporal, porque los temas que aborda son, por desgracia, de rabiosa autoridad. Temas de rabiosa actualidad que escandalizaron a la timorata sociedad victoriana, a la que Anne Brönte puso el dedo en la llaga en asuntos tabúes, en una época en la que se mira para otro lado.
La segunda y última novela publicada por Anne Brönte es para disfrutarla, no sólo por lo que comento en el párrafo anterior, sino también por la estructura epistolar que tiene, con el aliciente de que comienza in media res, lo que le añade un plus de interés al desarrollo de los 53 capítulos en los que se estructura, agrupados en tres partes bien diferenciadas. Esta técnica narrativa sirve como imán para que el lector sienta interés desde las primeras páginas por conocer quien es Helen Graham, la recién llegada a la ruinosa mansión de Wildfell Hall. En mi opinión, entiendo que este carácter epistolar le otorga a la novela un rasgo intimista porque el lector conoce en mayor profundidad la psicología de los dos protagonistas y narradores, el joven Gilbert Markham y Helen Graham, ante las reflexiones que vierten en las páginas que escriben. El joven Gilbert Markham escribe varias cartas a «su viejo amigo» (prólogo) J. Halford, y mrs Graham un diario que permite leer a éste para que descubra por él mismo qué secretos esconde la joven y bella dama, por la que siente un interés que va más allá del trato que recibe como nueva vecina del pequeño pueblo de la campiña inglesa al que se acaba de trasladar.
Helen Graham es el foco de atención del lector, una heroína que no deja indiferente, porque se enfrenta a las adversidades que se interponen en su camino, en un mundo en el que dominan los dictados patriarcales y la hipocresía de una sociedad encorsetada, de mucho devocionario pero con la lengua bien larga. En mi opinión, diría que al igual que en las novelas de Jane Austen, la protagonista de La inquilina de Wildfell Hall muestra el día a día de la sociedad aburguesada de la campiña inglesa. Al igual que Jane Austen, la crítica social también está muy presente, si bien en las novelas austenianas son en forma de sátira, Anne Brönte utiliza una crítica ácida para denunciar sin reservas alguna las injusticias sociales, las adicciones, el maltrato, el adulterio, el divorcio, la diferencia de clases y la tutoría de los hijos. Pero también es una de las pioneras que utiliza su narrativa en defensa de los derechos de la mujer. Para abordar estos temas la autora ubica esta ficción a finales de la década de los años veinte del siglo XIX, porque se ajusta a la legislación que impera al respecto en esta época.
Vuelvo a incidir en el comienzo de esta magnífica novela, que para mí es magistral, al que le sigue una trama que no tiene desperdicio. Y es que tal y como se suceden los primeros capítulos supuse que me encontraba ante una novela gótica más. Nada más lejos de la realidad. En este comienzo, Anne Brönte juega al despiste en los primeros episodios, no sólo por las descripciones lúgubres que ofrece sobre la derruida mansión en la que se instala, y de la que el sr. Frederick Laurence adecentó algunas estancias para su habitabilidad, sino también por la descripción de los parajes colindantes propios del romanticismo decimonónico, que recuerdan a los que describen Emily y Charlotte en sus novelas. Un despiste que luego se transforma en sorpresa por cómo se desarrollan el resto de los capítulos. La presencia de la nueva vecina del pequeño pueblo de la campiña inglesa altera la vida tranquila de sus habitantes. El cotilleo y el interés cada vez más acentuado que muestra el joven Gilbert Markham provocan el efecto deseado. La trampa ya cazó al lector.
La inquilina de Wieldfell Hall es una novela de personajes, si bien las localizaciones por las que transitan están muy en consonancia con el papel que éstos desempeñan, y son un fiel reflejo del escalafón social del que forman parte sus propietarios, caso de la mansión de su esposo, Arthur Huntingdon y las de sus amigos de juergas, ya desde sus tiempos de estudiante en Londres. Aunque también se refleja la vida más tranquila de los vecinos que ahora tiene Helen Graham, reacia a socializar con ellos. Sin embargo, la voz narrativa muestra las apacibles reuniones en la hacienda familiar de los Markham o en la vicaría del reverendo Michael Willward. A lo que acabo de comentar hay que añadir lo ya citado en el párrafo anterior sobre los parajes que rodean a la ruinosa mansión de Wildfell Hall o los que se describen en torno a la mansión señorial de su esposo, Arthur Huntingdon. En mi opinión, entiendo que todas ellas desempeñan un papel simbólico, sobre todo la que acabo de mencionar.
Anne Brönte se sirve de un amplio e interesante elenco de personajes que transitan por las páginas de La inquilina de Wildfeld Hall para retratar a través de ellos los diferentes estamentos de la sociedad victoriana, con especial énfasis al ámbito rural. Pero también es un elenco muy representativo de la moral de la época, porque la autora se sirve también de su formación religiosa para reflejar lo que dicen los textos bíblicos sobre los asuntos mundanos, en especial en lo referente al matrimonio y el papel de que le corresponde desempeñar a la mujer en la sociedad. Esto se refleja a través de las diversas citas bíblicas que se aclaran a pie de página, de las que se sirven algunos personajes en sus diálogos, sobre todo los femeninos. En mi opinión, diría que entre ellos se produce el llamado efecto dominó, por cómo les afecta las situaciones que viven. El rol psicológico es trascendental en el desarrollo de los episodios, porque las emociones y los sentimientos están muy presentes en su día a día, e incluso en escenas en las que se resaltan de tal forma, que uno se pregunta qué reacción muestran en situaciones que influyen en su devenir, y que en algunas fases provocan debate entre varios personajes, sobre todo si el foco se pone en temas delicados que afectan a algunos de ellos.
Sin duda alguna, la escritora inglesa perfila personajes que atraen la atención del lector desde las primeras páginas. Gilbert Markham y Helen Graham están flanqueados por un muy interesante elenco de secundarios, cada uno de los cuales tiene su protagonismo en un momento determinado. A parte de la heroína, no tengo predilección por ninguno del resto de ellos, por lo expuesto al comienzo de este párrafo, si bien hay algunos que resaltaría por la relación que mantienen con Helen Graham. Es este el caso de lord Lowborough y Annabella Willmot: el aristócrata contrae matrimonio con esta joven sin escrúpulos, que con el paso de los capítulos se convierte en la verdadera antagonista de mrs Huntingdon. Una situación similar la ocupa Ralph Hattersley, por el interés que muestra por el interés que muestra por Helen a espaldas de su marido, a parte de ser uno de los afectados por las adicciones, si bien se redime, lo que agradece su esposa Milicent Hardgrave, por la parte que le toca. Destaco el rol femenino de la sra. Maxwell, tía de la protagonista y que ejerce el papel de madre, al igual que Rachel, su fiel criada, y el papel de el papel de Eliza Millward, con quien en un principio coquetea Gilbert Markham, y los consejos que le da su madre, la sra. Markham, mujer de firmes convicciones del papel que les toca a las de su género ejercer en el matrimonio.
Disfruté mucho con la lectura de La inquilina de Wildfeld Hall. Con un estilo narrativo elegante y claro, Anne Brönte planifica y desarrolla una trama que no tiene desperdicio, ante el dinamismo de situaciones que protagonizan los personajes, combinadas de tal forma que en más de una ocasión me pregunté qué más adversidades le podían esperar a una heroína que defiende con convicción un pensamiento que rompe moldes en un mundo en el que domina el patriarcado, y ante una sociedad hipócrita, adicta al devocionario y pero también al cotilleo. Los diálogos cobran protagonismo, no sólo por la información que a través de ellos complementan el relato de las dos voces narrativas, sino también porque las emociones, sensaciones y reflexiones están también muy presentes, y reflejan la evolución de los personajes, sobre todo si no logran redimirse de las adicciones que adolecen.
Biografía:
Notas: Datos técnicos, sinopsis y biografía de la autora tomados de Amazon. Fotografía de Anne Brönte tomada de la web de EcuRed.


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